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El desarrollo de la motricidad

La motricidad es la habilidad del ser humano para moverse y utilizar sus músculos de manera coordinada. El desarrollo de la motricidad comienza desde el momento en que un bebé es capaz de moverse por sí mismo y continúa evolucionando a lo largo de toda la vida.

El desarrollo de la motricidad en los bebés comienza con movimientos simples como agarrar objetos, gatear y arrastrarse. Con el tiempo, estos movimientos se vuelven más coordinados y complejos, lo que les permite caminar y correr. Durante la infancia y la adolescencia, la motricidad continúa desarrollándose a medida que los niños adquieren habilidades motoras más complejas, como saltar, lanzar y atrapar.

El desarrollo de la motricidad también se ve influenciado por factores externos como el entorno, la genética y la salud general del individuo. Por ejemplo, un niño que crece en un entorno seguro y estructurado tendrá más oportunidades de desarrollar su motricidad de manera adecuada que uno que crece en un entorno peligroso o caótico. Además, la salud general del individuo también puede afectar su capacidad para desarrollar habilidades motoras complejas.

A medida que los individuos envejecen, su motricidad también puede disminuir debido a factores como el envejecimiento natural, la falta de ejercicio y ciertas enfermedades. Sin embargo, esto no tiene que ser necesariamente así. La actividad física regular puede ayudar a mantener y mejorar la motricidad a medida que envejecemos.

En resumen, el desarrollo de la motricidad es un proceso continuo que comienza desde la infancia y continúa evolucionando a lo largo de la vida. Está influenciado por factores externos como el entorno y la genética, y puede ser mejorado a través de la actividad física regular.

La motricidad fina se refiere al control y precisión de los movimientos de las manos y los dedos, mientras que la motricidad gruesa se refiere a los movimientos del cuerpo y los grandes músculos. Algunas actividades que pueden ayudar a mejorar la motricidad fina y gruesa son:

  1. Dibujar, pintar y hacer manualidades que involucren el uso de las manos y los dedos
  2. Hacer ejercicios de agarre y manipulación con objetos pequeños como cubos, piezas de rompecabezas o bolas
  3. Practicar juegos de mesa que involucren el uso de las manos y los dedos, como el dominó o el jenga
  4. Hacer ejercicios de escritura a mano y escribir con lápices o bolígrafos de diferentes grosores para mejorar la motricidad fina
  5. Hacer ejercicios de equilibrio y coordinación, como saltar a la cuerda o hacer malabares
  6. Practicar deportes como el fútbol, el baloncesto o el balonmano para mejorar la motricidad gruesa
  7. Hacer ejercicios de fortalecimiento, como levantar pesas o hacer flexiones y abdominales
  8. Realizar actividades que involucren el uso de herramientas y maquinaria, como cortar madera o cambiar un neumático
  9. Practicar actividades que involucren el uso de la fuerza y la precisión, como el yoga o el tai chi

Es importante recordar que la motricidad fina y gruesa se pueden mejorar con la práctica y el esfuerzo, así que es importante elegir actividades que sean adecuadas para el nivel de habilidad de cada persona y tratar de variar las actividades para seguir estimulando el cuerpo y el cerebro.

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